El comienzo...¡Una carnicería!
Eso era exactamente lo que había sido aquello, una carnicería, en el sentido más estricto de la palabra, aún se conservaban los ganchos colgados del techo y de las paredes, estas, recubiertas de azulejos de allá por los años 40 o 50, poca luz, muchas sombras y mucho trabajo por delante.
Fue imprescindible la ayuda de Yuma, sin él, sin su energía, su trabajo y fuerza posiblemente no hubiera podido ser.
También David aportó su granito durante el tiempo que estuvo con nosotros, el aprendiz que juega ha hacerse mayor.
De vez en cuando venía el peque y nos limpiaba los cubos de yeso, reciclaba los plásticos, los cartones, barría de vez en cuando...
Yo hacía lo que Yuma me mandaba, que para eso era el jefe de obras, pero lo que mejor aprendí es a tenerle todo lo más posible preparado, y cuando no podía ayudarle a él, pues eso, como buen peón (peona) de albañil, iba despejando todo aquello que podía.
De la logística, la resolución de conflictos, estrategias y dudas se encargaba Fidel, el resolvedor.
Con las energías, las ganas (y algunas veces desganas) de todos, fue saliendo adelante la reforma del local que se convertiría en el Desván de las Muñecas.